
Por: Rosario Antonio Ramírez
En la política sinaloense ya comenzó a sentirse el calor de la sucesión, y con ello también se ha desbordado la ambición de quienes se sienten tocados por la gracia divina del poder. Actores políticos que hoy disfrutan de las mieles del gobierno, cobijados por el partido en el poder, ya levantan la mano para buscar gubernaturas, alcaldías, diputaciones y hasta regidurías.
Muchos de ellos se mueven bajo el paraguas de Morena o de sus aliados, partidos que en los hechos han funcionado como satélites políticos, como es el caso del Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México. Desde esas trincheras ya se observan destapes anticipados y movimientos que dejan ver que la carrera por el poder comenzó mucho antes de que lo permita el calendario electoral.
Lo curioso —y para muchos sospechoso— es que este activismo político se intensificó justo después del reciente desencuentro legislativo en el que aliados del oficialismo votaron en contra de una reforma electoral impulsada por el bloque gobernante. Para algunos, aquello fue una traición; para otros, simplemente una jugada política calculada.
Y ahí surge la pregunta que hoy se hace la ciudadanía: ¿se trató realmente de una ruptura o estamos frente a una estrategia cuidadosamente diseñada? Porque en política nada suele ser casual.
En estados como Sinaloa, donde el desgaste del poder comienza a sentirse tras años de gobierno, algunos observadores consideran que podría estarse preparando un movimiento estratégico. Si el partido dominante percibe que su marca ya no garantiza el triunfo, podría apostar por la vieja fórmula política: dividir el poder electoral entre aliados para mantener el control.
Es decir, si gana cualquiera de esos partidos cercanos, el grupo político que hoy gobierna seguiría teniendo influencia desde las cúpulas del poder nacional. El método es viejo, pero efectivo: dividir la fuerza electoral para terminar venciendo.
Por eso llama la atención que los liderazgos del PT y del Verde se muestren tan tranquilos e incluso sonrientes después de lo que muchos calificaron como una traición política. En otras épocas, un movimiento de ese tipo habría significado el exilio político inmediato. Hoy, en cambio, parecen tener carta abierta para recorrer el estado y posicionarse rumbo a la próxima contienda.
Mientras tanto, el bloque político que ha gobernado con amplias cuotas de poder difícilmente estará dispuesto a ceder el control del estado a los partidos que hoy se asumen como oposición, entre ellos el Partido Revolucionario Institucional, el Partido Acción Nacional, Movimiento Ciudadano y el Partido Sinaloense, además de otras fuerzas que buscarán abrirse paso en la elección de 2027.
En los hechos, desde hace meses se observan recorridos por todo el estado bajo la etiqueta de “reuniones informativas”, aunque para muchos ciudadanos se trata simplemente de campañas políticas adelantadas. Un activismo que evidencia el nerviosismo de quienes buscan mantenerse en el poder.
Sin embargo, el escenario no es sencillo. La sociedad sinaloense luce cada vez más polarizada y, sobre todo, cansada de los constantes episodios políticos que han marcado a la entidad en los últimos años. Por eso, la próxima renovación de poderes en Sinaloa se perfila como una de las más inciertas en décadas.
Quizá desde las alturas del poder se esté apostando a un pleito calculado, una confrontación aparente que en realidad forme parte de una estrategia mayor. Pero la política tiene algo que ningún estratega puede controlar del todo: el ánimo ciudadano.
Y ese, hoy por hoy, parece cambiar más rápido que los propios acuerdos en la cúpula. Y sino, Al tiempo.
¡Es cuánto!
