
Carlos Alberto Corona León.
En este ensayo, propongo un nuevo tratado económico donde los ciudadanos, los sectores público y privado de las distintas regiones de la nación contribuyamos para fortalecer un nuevo modelo basado en realismos territoriales y no en ideologías.
Introducción
México ha pasado las últimas décadas discutiendo su economía en términos morales, partidistas o identitarios, mientras la realidad productiva avanzó por un carril distinto. El resultado es un país con estabilidad macroeconómica intermitente, crecimiento insuficiente, regiones profundamente desiguales y territorios donde la economía formal no logró convertirse en la principal vía de movilidad social. Este ensayo parte de una premisa simple pero incómoda: el problema central no ha sido la falta de modelos, sino la ausencia de realismo territorial y productivo.
Sinaloa —y el norte del país en general— ofrece un laboratorio claro para entender esta tensión. No es una región pobre en recursos ni en capacidades, pero tampoco ha logrado traducir su potencial en desarrollo sostenido, empleo formal masivo y pacificación duradera. Lo que sigue no es una repetición de recetas conocidas, sino una propuesta analítica y programática que surge del cruce entre datos, territorio y experiencia histórica.
I. México: estabilidad sin despegue, redistribución sin transformación
Desde el año 2000, México transitó por dos grandes enfoques económicos. El primero privilegió la apertura, la disciplina fiscal y la integración comercial; el segundo puso el acento en la redistribución, el gasto social y la presencia directa del Estado. Ambos enfoques lograron objetivos parciales. Ninguno resolvió el problema estructural.
El periodo de apertura mantuvo inflación baja y finanzas relativamente ordenadas, pero no logró elevar de manera consistente la productividad ni los salarios reales. El periodo de énfasis social consiguió una reducción relevante de la pobreza por la vía de transferencias, pero convivió con un crecimiento históricamente débil y una inversión privada contenida. El punto de encuentro entre ambos es claro: el crecimiento fue insuficiente para sostener, por sí mismo, un desarrollo incluyente.
Esta dinámica tuvo efectos regionales diferenciados. El norte se integró con mayor éxito a los mercados internacionales, mientras otras regiones quedaron rezagadas. Sin embargo, incluso en el norte, la estructura productiva permaneció incompleta: mucha exportación, poco valor agregado; mucho empleo, pero frágil y estacional.
II. Sinaloa: potencia productiva incompleta
Sinaloa ocupa una posición singular. Es uno de los pilares agroalimentarios del país, posee una ubicación logística estratégica y cuenta con capital humano joven. Al mismo tiempo, presenta altos niveles de informalidad, una dependencia marcada del ciclo agrícola y una presencia persistente de economías ilegales que han suplido vacíos económicos.
Durante décadas, la agricultura sinaloense se fortaleció en volumen y competitividad externa, pero no dio el salto estructural hacia la transformación industrial. Exportar alimentos frescos resultó rentable, pero dejó sin resolver tres problemas: la volatilidad de ingresos, la estacionalidad del empleo y la concentración del valor agregado fuera del territorio.
El resultado ha sido una economía dual. Por un lado, enclaves altamente productivos; por otro, amplios sectores con escasas opciones formales de ascenso económico. En ese espacio intermedio florecieron economías paralelas que no requieren ideología para operar, solo incentivos.
III. Dos futuros posibles a veinte años
Si Sinaloa mantiene la trayectoria actual, el escenario probable hacia 2046 es uno de estabilidad limitada. La agroexportación continuará siendo relevante, pero bajo presión hídrica y climática. El empleo seguirá siendo mayoritariamente estacional y la informalidad persistirá como norma. La violencia no necesariamente escalará, pero tampoco desaparecerá: se administrará.
En contraste, un cambio deliberado de modelo —centrado en productividad territorial— abriría un escenario distinto. La transición hacia agroindustria avanzada, logística integrada y energía competitiva permitiría aumentar el ingreso regional sin expandir desordenadamente el uso de recursos. Más importante aún, reconfiguraría los incentivos económicos de largo plazo, especialmente para la población joven.
IV. Un modelo híbrido basado en realismo
La propuesta que emerge no se define por su ubicación ideológica, sino por su funcionalidad. Parte de cinco principios operativos:
1. El Estado invierte donde el mercado no entra y coordina donde sí entra.
2. El mercado opera con reglas claras, competencia efectiva y certidumbre jurídica.
3. La política social se concibe como tránsito hacia la productividad, no como destino final.
4. El territorio importa: no todas las regiones deben hacer lo mismo.
5. La seguridad es consecuencia económica antes que resultado policial.
En Sinaloa, este enfoque se traduce en acciones concretas: gestión integral del agua con criterios de eficiencia, parques agroindustriales con infraestructura compartida, formación técnica alineada a sectores productivos reales, corredores logísticos que conecten producción con mercado y una administración pública que reduzca fricciones con el firme compromiso de no crearlas.
V. El papel del norte en la reconstrucción económica nacional
El norte de México, incluido Sinaloa, no debe concebirse como periferia ni como excepción. Su cercanía con mercados, su base productiva y su capacidad logística lo convierten en un candidato natural para liderar una nueva etapa de desarrollo. Pero ese liderazgo no surgirá de la inercia.
Sin una estrategia que eleve el contenido tecnológico, industrial y organizativo de la producción, la región seguirá creciendo por debajo de su potencial. El reto no es producir más, sino producir distinto.
Conclusiones y ruta crítica
México y Sinaloa no enfrentan una disyuntiva ideológica, sino una decisión práctica. Seguir igual no implica colapso, pero sí implica resignación. Cambiar el modelo no garantiza éxito automático, pero abre espacio para construirlo.
La ruta crítica es clara:
1. Asegurar los insumos básicos del desarrollo: agua, energía y logística.
2. Elevar el valor agregado regional mediante agroindustria y servicios asociados.
3. Vincular política social con empleo formal y capacitación real.
4. Fortalecer instituciones económicas subnacionales con enfoque técnico.
5. Medir el éxito por productividad y movilidad social, no solo por gasto ejercido.
El realismo económico no es renuncia a principios; es respeto por los hechos. Si Sinaloa logra alinear su potencial productivo con un Estado coordinador y un mercado funcional, puede dejar de ser un territorio administrado y convertirse en un territorio que decide su futuro. Ese cambio, aunque localizado, tendría efectos multiplicadores para todo el país.
Este ensayo no propone una utopía, propone una salida posible, construida desde el terreno, los datos y el tiempo a largo plazo. Y creo que eso, en el México contemporáneo, ya sería una innovación sustantiva.