
Diciembre, el mes que llegó cargado de las cuentas pendientes del Évora
Vianey Contreras
Diciembre, el mes que llegó cargado de las cuentas pendientes del Évora
El aire de diciembre en el Évora no trajo el manto de festividad, sino una densa neblina de cuentas pendientes y la persistencia de una desazón que se ha vuelto el patrón silencioso de cada jornada. La región parece haber aprendido a leer el pulso de sus días no en titulares grandilocuentes, sino en la acumulación de pequeñas injusticias y grandes olvidos que, sumados, dibujan un panorama de resistencia callada.
La mañana en el Cabildo de Guamúchil fue una fotografía elocuente de este hartazgo. No hubo discursos, sólo la irrupción de una realidad cruda: trabajadores exigiendo la devolución de descuentos que, puntualmente sustraídos de sus nóminas, nunca llegaron a las financieras. La sensación de traición, de cumplir con la parte propia y ver cómo la confianza se desvanece en un limbo administrativo, resonó en las paredes.
En esa misma línea de desajuste, a unas calles, Mocorito optaba por un aguinaldo de sesenta días para sus empleados, una cifra que flotaba en el ambiente como un privilegio casi obsceno, mientras la basura se acumulaba y los caminos se desdibujaban bajo el abandono. Un contraste hiriente que subraya la desconexión entre prioridades institucionales y necesidades ciudadana.
Confirmando esta tendencia de vulnerabilidad, el mes también dolía distinto en una secundaria de Guamúchil. Una madre, con el coraje de la desesperación, rompió el silencio para denunciar la cadena de golpes, humillaciones y omisiones que su hijo, con condiciones neurológicas documentadas, había sufrido dentro de las aulas. La escuela, ese santuario de protección, había respondido con la fría burocracia de las evasivas, dejando al descubierto una falla profunda en el tejido social que debía resguardar a los más frágiles. La denuncia avanzó, sí, pero la ausencia de empatía dejó una herida abierta, un recordatorio de que la violencia no se toma vacaciones.Y el patrón de la presión se extendía a la economía diaria.
En los comercios, el murmullo de empresarios hablaba de inspectores insistentes, de “orientaciones” con costo y de hasta treinta negocios señalando cobros indebidos. La sombra del abuso planeando sobre el esfuerzo cotidiano, justo cuando el cierre de año aprieta.
En el campo, la tierra hacía sus propias cuentas frías, con menos hectáreas de hortalizas sembradas en el Valle del Évora, una expectativa cautelosa de precios más justos tras un ciclo de pérdidas, pero siempre con la certeza de que el mercado también castiga cuando se desborda, y el agricultor observa el surco como quien espera señales.
Así, este diciembre en el Évora no fue un mes de cierre, sino de inventario. Un recuento de heridas abiertas, de promesas estancadas como las mediciones de titulación en Tamazula II, que después de meses se empieza vislumbrar como una realidad para las familias del poblado, de la persistencia de virus respiratorios que encendían alertas y de la resistencia silenciosa de una comunidad que, entre reclamos y esperanzas contenidas, sigue esperando que el calendario, al fin, alcance para saldar todas sus cuentas.
