
Territorio fracturado entre avances y descuidos
Vianey Contreras
La atención al territorio en el Évora oscila entre proyectos vistosos y omisiones básicas; el resultado es una gobernanza dispersa que genera soluciones simbólicas sin resolver las fragilidades cotidianas.
El proyecto internacional de 800 mil euros para recuperar manglares en la bahía Santa María es un acierto necesario: apuesta por restaurar un servicio ecosistémico crítico y crear empleo local. Ernesto García Ledesma anuncia una intervención técnica y social, con prioridad a comunidades indígenas, que puede reconstruir resiliencia costera y, si se ejecuta bien, ofrecer beneficios ambientales y productivos de largo plazo.
En Tamazula, la reparación del tanque elevado y el corte de suministro recuerdan que la infraestructura esencial sigue con fallas. Cuando falta agua, la prioridad humanitaria obliga a desviar recursos y atenúa el impacto inmediato de cualquier proyecto ambiental, porque las familias primero reclaman acceso básico.
Los nublados que afectan frijol y garbanzo, y los adeudos pendientes por compensaciones de maíz denunciados por líderes como Miguel Ángel López Miranda, exponen la fragilidad productiva. La agricultura sufre simultáneamente por clima, plagas y trámites, lo que vuelve a los productores vulnerables pese a promesas de apoyos. Juntar financiamiento internacional con la reparación de ecosistemas es positivo, pero sin resolver la red local de servicios y la cadena de pagos, las acciones quedan desarticuladas.
