
Cuando el agua es clara, la realidad también
Vianey Contreras
Cuando el agua es clara, la realidad también
Cuando el agua es clara, la realidad también
Salvador Alvarado y Escuinapa están separados por más de 400 kilómetros, pero comparten un problema que fluye bajo sus calles: la calidad del agua potable y la eficiencia, o ineficiencia, de sus redes de distribución. Ambos municipios son ejemplos vivos de cómo el acceso al agua no solo depende de tener infraestructura, sino de mantenerla, cuidarla y gestionarla con responsabilidad. Beber agua limpia debería ser un derecho cotidiano, no un privilegio condicionado por tuberías obsoletas, fugas invisibles o sistemas colapsados por el descuido.
En Salvador Alvarado, los reportes de olor, coloración turbia y presencia de sedimentos han sido recurrentes. Aunque la Junta Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Salvador Alvarado (Japasa) asegura cumplir con parámetros básicos, muchas familias todavía prefieren consumir agua embotellada, dudando de lo que sale de la llave.
Se estima que en Salvador Alvarado hasta el 40 % del agua tratada se pierde en fugas subterráneas. Son escapes invisibles, muchos en líneas primarias que tienen más de 40 años. Es decir, casi la mitad del agua que debería abastecer hogares termina en el subsuelo o en calles erosionadas. La modernización avanza, pero a paso burocrático. Se tapan fugas, pero no se renuevan sistemas. Se parchan tuberías, pero no se planifica el futuro. Escuinapa, aunque con menor densidad urbana, sufre el mismo fenómeno: fugas en las redes y pérdidas que impactan el abasto. No se trata solo de infraestructura, sino de visión. El agua no se administra tapando fugas, sino planificando.