Pulmones que respiran en desigual

Vianey Contreras

Pulmones que respiran en desigual
Salvador Alvarado y Angostura comparten historia agrícola, tradiciones y una profunda identidad regional ligada a la tierra. Sin embargo, cuando se habla de arborización y áreas verdes, el contraste es evidente. Mientras Salvador Alvarado ha avanzado, aunque lentamente, en proyectos de reforestación urbana y creación de espacios públicos arbolados, Angostura sigue luchando por proteger sus árboles existentes y evitar que el desarrollo urbano erosione lo poco que queda.

En Guamúchil, ahí, los árboles no solo embellecen, sino que regulan temperatura, capturan polvo y dan sombra en una ciudad que supera los 40 grados. Aunque insuficiente, existe una visión de arborización. En contraste, en la cabecera de Angostura y sus comunidades, los árboles están, pero casi de forma accidental. Son vestigios: viejos álamos, huizaches y frondosos laureles que sobreviven más por costumbre que por política pública.

En Salvador Alvarado se han instalado campañas masivas de siembra, principalmente en escuelas, camellones y unidades deportivas. El esfuerzo es visible, aunque muchas plantaciones mueren por falta de seguimiento. Aun así, existe intención y estructura. Contrario a ello, Angostura tiene árboles más maduros y funcionales, pero carece de programas para cuidarlos. Ahí, el problema no es sembrar, sino evitar que los que ya existen sean talados por obras públicas o rellenados por pavimentaciones sin criterio ambiental.

En el corazón de la región del Évora, la gente sabe que plantar un árbol es más que clavar una vara verde en tierra seca. Requiere planificación, especies adecuadas y mantenimiento constante. En Angostura, se necesita primero un reglamento básico que impida seguir derribando árboles centenarios en calles, plazas y escuelas. No se trata solo de plantar, sino de preservar.

Se sabe que en la quinta ciudad de mayor importancia en Sinaloa hay parques, bulevares arbolados y áreas verdes institucionales. En Angostura, el verde está en patios, huertos caseros y solares familiares: árboles que cobijan vida, pero no son espacios públicos. Esta diferencia es crucial. Una ciudad con árboles en parques fortalece la socialización y el derecho al espacio común. Un pueblo con árboles en patios privados conserva la tradición, pero excluye a quienes no tienen acceso a ese verde. En el municipio costero, por el contrario, conserva sombra, pero la tiene confinada. Salvador Alvarado tiene áreas verdes públicas, aunque muchas veces con árboles jóvenes y sin arraigo. En eso, ambos municipios podrían complementarse: uno aportar protección y preservación; el otro planificación y urbanismo verde.

El futuro ambiental de la región del Évora no está en sembrar árboles por sembrar, sino en sembrar conciencia. Salvador Alvarado puede compartir modelos de reforestación urbana. Angostura, su amor por los árboles maduros y su protección natural. Imaginemos una región que respire a la par, donde la sombra no sea privilegio, sino derecho. Porque un árbol no es decoración. Es patrimonio.

Por elpiripituchi

Fundador y Creador del Sitio