
Ofertas, ausencias y fuegos
Vianey Contreras
La mañana se abrió como un telón sobre el Évora, luces tibias, murmullos de mercado y un aire expectante que anunciaba el inicio de la Expo Ofertas Canaco 2025. En los pasillos del recinto ferial, comerciantes afinaban detalles, colgaban telas brillantes, conectaban luces y se preparaban para recibir a una población que, aunque entusiasta, arrastraba la preocupación silenciosa de los tiempos difíciles.
Mientras el bullicio comercial se encendía, en los pasillos administrativos del municipio vecino el ambiente era muy distinto. El edificio del Ayuntamiento de Mocorito, con paredes cargadas de expedientes atrasados y números rojos, vivía días de tensión. El tesorero revisaba una y otra vez las hojas de cálculo, adelantos solicitados, participaciones comprometidas, pagos retrasados. A su alrededor, trabajadores preguntaban por la quincena que no llegaba, por el aguinaldo que se prometía y por la estabilidad que parecía una palabra demasiado grande para ese fin de año. La administración hablaba de reordenar el 2026, de austeridad y de corregir errores que ya pesaban como sombra larga sobre todo el municipio.
A unos kilómetros, entre los pasillos estrechos de la zona comercial, agentes de seguridad recorrían con paso firme las tiendas, las calles, los estacionamientos. Era el operativo regional para resguardar el Buen Fin: policías, militares, elementos estatales y municipales caminaban lado a lado, observando el ir y venir de familias que buscaban una oferta, un descuento, una ilusión alcanzable. En el estadio de la ciudad vecina, otros elementos se desplegaban durante la Expo Canaco: veinte agentes cada día, patrullas encendidas, paramédicos atentos, todos en una coreografía cuidadosa que buscaba evitar incidentes.
En un auditorio iluminado por focos blancos, estudiantes de nivel preparatoria en Conalep recibían reconocimientos por su labor periodística. Entre ellos, una joven de voz pausada levantaba orgullosa el trofeo que premiaba meses de disciplina. Un director educativo hablaba de nuevas carreras técnicas, de alianzas con el sector productivo, de futuros que podían construirse desde la preparación y el empeño. Los aplausos resonaron como un eco optimista en medio de una región donde la crisis económica parecía constante compañía.
No muy lejos de ahí, otro tipo de luz llenaba un patio escolar: velas, flores de papel, música suave. La primaria del barrio celebraba su Festival de Muertos en la escuela primaria Manuel Ibarra Peiro bajo la dirección de un maestro entusiasta que guiaba a sus alumnos con firmeza y cariño. Había mini altares, alebrijes recién pintados, bailes de pasos torpes pero alegres. Los padres miraban con ojos brillantes, recordando a sus propios difuntos mientras celebraban que la tradición siguiera viva entre las manos pequeñas de sus hijos.
En una oficina de salud, personal sanitario atendía registros para entregar aparatos auditivos gratuitos. Pero no todos los escenarios eran festivos. En un camino rural, un comandante de bomberos observaba con frustración un basurón clandestino ardiendo otra vez. El fuego parecía un animal testarudo.