
Siete tipos de personajes políticos

1. El ajonjolí de todos los moles. Ha estado en todos los partidos y de todos ha renegado: excepto del que pertenece actualmente. Critica siempre el pasado político como si jamás hubiera pertenecido a él. Como si el lodo jamás se hubiera pegado a sus zapatos al pasar por el fango. Se mueve sin ningún recato de ideología en ideología y se apega a ella mientras dura el poder.
2. El adulador desmedido. Idolatra a sus líderes más por conveniencia que por convicción. No muestra el menor rubor para ensalzar de manera exagerada a quien manda para ganarse sus favores. Los eleva a categorías ridículas. Puede catalogar a su jefe como el mejor político de la historia. El mejor estratega con la más alta inteligencia que se recuerde. O cosas parecidas. Lo que muchos no dirían en público por vergüenza, él lo dice sin ella.
3. El político de boca suelta. No cuida sus expresiones. Las dice sin el menor recato. Por eso siempre se mete en problemas. Sus imprudencias verbales comprometen. Generan problemas donde no los había. Y donde los había, los empeora. Siempre le tienen que corregir la plana los de su propio partido. Pero a veces, el daño está hecho y suele ser irreversible.
4. El patán. Es el tipo de político que va y viene de la grosería al cinismo. Y viceversa. Es mal educado y sus expresiones son majaderas y desconsideradas. No suele respetar género, edad ni religiones. Parece no importarle nada, y no le importa. Por ser como es, siempre tiene atención de los medios y las redes. Por eso no encuentra incentivos para dejar de ser como es.
5. El que se cree culto. Es el político que siempre alardea de sus conocimientos. Se la lleva citando clásicos de la política y la literatura. No siempre los lee, pero es lo que menos importa. Sabe que, en política para ser, hay que aparentar. Suele también recitar algunos poemas que aprendió en la escuela. Repetir frases muchas veces dichas y citar a un autor que alguien citó en la reunión del café por la mañana.
6. El joven soberbio. Es el político que llegó pronto a los grandes puestos. No concibe que arriba al cargo por buena fortuna más que por méritos. Entonces se sobredimensiona. Cree que es más que los demás. Se vuelve altanero y soberbio. No respeta a los que traen muchas más horas de vuelo. Los minimiza. Cree que la política sólo le depara éxitos sin fin.
7. El fantasma. Es el político que está, pero no está. No se siente su presencia. No sobresale. Casi no participa. Se esconde. Flota en su encargo. Se oculta detrás de los otros. No los molesta con su competencia. Es su forma de sobrevivir.